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Teología-Espiritualidad

(1) La mirada y las lágrimas. Pedro y Judas en el misterio de la predestinación

2 de agosto de 2026 · por Athanasius-Mariae-Eremita

Athanasius Mariae, Eremita, die II Augusti, anno Domini MMXXVI

Aquella noche cayeron dos apóstoles, elegidos ambos, advertidos ambos, dolidos ambos de un grave pecado. Uno lloró y volvió; el otro no. San Lucas consigna de Pedro una palabra que no aparece en el caso de Judas —respexit, «lo miró»—, y en el orden de esas tres sílabas está contenida la doctrina de la gracia: primero la mirada, después las lágrimas. Estas páginas meditan esa asimetría sin pretender resolverla, porque la Iglesia se detiene justamente donde el misterio empieza.

Aquella misma noche —«erat autem nox» (era de noche), como dice San Juan (Jn 13, 30)— pecaron gravemente dos apóstoles. Los dos habían sido llamados por su nombre, los dos habían sido advertidos, los dos se dolieron de lo hecho. Uno lloró y volvió; el otro no, se suicidó. Lo que los separa no es la magnitud del pecado, sino algo que el Evangelio consigna en una sola palabra y que la Iglesia ha meditado durante siglos como la puerta misma del misterio de la gracia dentro del misterio de la predestinación: «respexit», la mirada de Cristo a San Pedro.

Lo que tienen en común

Ambos apóstoles fueron elegidos por su nombre entre los doce, con el mismo llamamiento y la misma potestad. Para ambos hubo anuncio previo: a Simón le dijo el Señor «Simon, Simon, ecce Satanas expetivit vos ut cribraret sicut triticum» (Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como al trigo) (Lc 22, 31). Ambos cayeron con pocas horas de distancia, y la caída de Pedro fue ¡jurada y triplicada! Y ambos, en algún sentido, se dolieron: de Judas escribe el evangelista que, viendo condenado a Jesús, paenitentia ductus (llevado del arrepentimiento), devolvió las treinta monedas (Mt 27, 3) —fue remordimiento, pero no hubo conversión.

De modo que ni la elección, ni el aviso, ni la caída, ni siquiera el pesar por lo hecho constituyen la diferencia en la suerte de ambos apóstoles.

Hay que agregar que, en un sentido cierto, el pecado de San Pedro fue notablemente mayor que el de Judas, dado que había sido elegido como primer Papa: «Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam» (Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia) (Mt 16, 18). El pecado de todos los que son constituidos cabeza o autoridad en cualquier orden arrastra a sus inferiores con graves consecuencias: es lo que sucede con Adán, con el pecado de los Papas, obispos, sacerdotes, padres de familia, y así sucesivamente.

El respexit, la mirada de Jesús.

Lo único que aparece en un caso y no en el otro es una palabra. Cantó el gallo, y entonces: «Et conversus Dominus respexit Petrum» (Y vuelto el Señor, miró a Pedro) (Lc 22, 61). San Lucas es el único que lo consigna. Y también nos transmite, detalle fundamental, el efecto: «Et egressus foras Petrus flevit amare» (Y saliendo fuera, Pedro lloró amargamente) (Lc 22, 62).

Nótese el orden, porque en él está contenida la doctrina de la predestinación. Primero la mirada, después las lágrimas. Pedro no llora y por ello es mirado; es mirado, y entonces llora. Si las lágrimas precedieran a la mirada, la salvación se fundaría en algo del hombre. Como la mirada precede, las lágrimas son ya efecto de la gracia, no su causa.

Y no se trata de un hecho meramente óptico, como si Cristo hubiera girado la cabeza hacia un lado del atrio y no hacia otro. La escena exterior deja entrever algo interior: aquella moción que de hecho alcanza el consentimiento del corazón. Por eso enseña Santo Tomás que «praedestinatio non est aliquid in praedestinatis, sed in praedestinante tantum» (la predestinación no es algo que esté en los predestinados, sino solamente en quien predestina) (Summa Theologiae I, q. 23, a. 2). No es una marca impresa en unas almas y no en otras. Es un acto que está en Dios; lo que aparece en el hombre son sus efectos, y esos efectos pasan siempre por la acción de la gracia sobre la libertad humana, haciendo que la moción divina mueva la libertad humana al acto bueno.

Amice, amigo…

A Judas también le habló el Señor, y en el momento mismo de la traición: «Amice, ad quid venisti?» (Amigo, ¿a qué has venido?) (Mt 26, 50). Amice (amigo) no es palabra irónica en labios de Cristo. Judas recibió un nombre, una palabra y el amor entero del Corazón de Cristo que iba a ser traspasado. La Escritura no registra que Cristo lo mirara; pero ese silencio del texto no es un decreto de reprobación, y no nos autoriza a leer en él lo que Dios no ha revelado.

Tampoco conviene olvidar que, horas antes, el Señor había orado por Simón: «ego autem rogavi pro te ut non deficiat fides tua» (pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe) (Lc 22, 32). La perseverancia de Pedro tiene ahí su raíz visible. No se sostuvo él: fue sostenido. Esa oración fue por San Pedro, no por Judas. He ahí el misterio de la predestinación.

Lo que no puede decirse

Y precisamente ahí la doctrina se detiene y prohíbe seguir. La Iglesia nunca ha enseñado que Dios decrete la perdición de nadie, o lo que se llama la predestinación negativa que sostiene entre otros Calvino. Dios no es culpable JAMÁS de la perdición de ninguna alma. En el infierno de la Divina Comedia, los adúlteros Paolo y Francesca no se arrepienten de su pecado. En el caso de Judas, no se pierde por haber traicionado —también Pedro traicionó, y bajo juramento—, sino por haber juzgado su pecado más grande que la misericordia que brota del Corazón de Cristo. El pecado fue semejante; la estimación de la misericordia, no.

Y por qué uno asintió y el otro no, si la moción es de Dios y el rechazo es del hombre, no lo sabemos. San Agustín cerró la cuestión con una frase que la tradición ha repetido sin mejorarla:

«Quem trahat et quem non trahat, quare illum trahat et illum non trahat, noli velle iudicare, si non vis errare» (A quién atrae y a quién no atrae, por qué atrae a aquél y no atrae a aquel otro, no quieras juzgarlo, si no quieres errar) (In Ioannis Evangelium tractatus 26, 7).

Consecuencia

De todo lo cual se sigue lo único que al creyente le toca. No mirarse a sí mismo buscando la señal, sino advertir que, si hay lágrimas, ya hubo antecedentemente mirada; y que mientras haya lágrimas posibles, no hay caso perdido. La única caída irreparable no es la traición, sino la convicción de que la traición y el pecado son irreparables.

Todo esto está perfectamente sintetizado en la oración Colecta del Domingo X post-Pentecostés.

«Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas: multiplica super nos misericordiam tuam; ut ad tua promissa currentes, caelestium bonorum facias esse consortes» (Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia sobre todo perdonando y teniendo misericordia: multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia lo que nos prometes, nos hagas partícipes de los bienes celestiales).

Nota final

Sobre la imagen que ilustra estas líneas: La negación de san Pedro, de Rembrandt (1660, Rijksmuseum de Ámsterdam). Lo teológicamente notable es la distribución de la luz. La escena está iluminada por la vela que sostiene la criada, y esa luz cae sobre el rostro de Pedro en el instante en que sus labios empiezan a formar la negación. Cristo, al fondo, vuelto hacia él, queda en penumbra. La única fuente visible ilumina el pecado; la mirada que salva viene de donde no hay luz. Rembrandt pinta exactamente la asimetría de la que venimos hablando: lo que se ve es la caída; lo que obra es invisible.

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