contemplacion
Transfiguración, fiesta patronal de Schola Veritatis

Hoy, para nosotros, es un día de profunda alegría. Celebramos nuestra Fiesta Patronal. De alguna manera, las enigmáticas palabras de San Pablo nos sitúan en el corazón de este misterio. Son palabras que siempre llevo conmigo…, y que no termino de agotar su significado:
Deus, qui dixit de tenebris lucem splendescere, ipse illuxit in cordibus nostris ad illuminationem scientiæ claritatis Dei, in facie Christi Jesu.
(Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, Él mismo ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios, en el rostro de Cristo Jesús).
Pongo a continuación un artículo tomado de InfoVaticana que vale la pena (se puede también leer allí si se quiere)
Cada 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. El Evangelio de san Mateo narra cómo Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, los condujo a un monte elevado y, ante ellos, «su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve» (Mt 17, 1-9). Junto a Él aparecieron Moisés y Elías, mientras una voz desde la nube proclamaba: «Éste es mi Hijo muy amado; escúchenlo».
La tradición de la Iglesia ha visto siempre en este acontecimiento una preparación para la Pasión. Antes de subir a Jerusalén, donde afrontará el sufrimiento y la muerte en la cruz, Jesús permite que tres de sus discípulos contemplen por un instante la gloria que culminará en la Resurrección. Entre los Padres de la Iglesia, san Agustín dedicó un sermón a este pasaje en el que explica cómo cada uno de sus elementos ilumina el misterio de Cristo y ofrece una enseñanza para la vida cristiana.
Cristo da sentido a toda la Escritura
La presencia de Moisés y Elías en el monte no constituye un detalle secundario. Desde los primeros siglos, la Iglesia ha reconocido en ellos a la Ley y los Profetas, es decir, toda la revelación anterior a Cristo.
San Agustín explica que ambos aparecen conversando con Jesús porque toda la Antigua Alianza conduce hacia Él. La Ley anunciaba su venida y los Profetas preparaban al pueblo para reconocer al Mesías. Por eso, cuando Pedro propone levantar tres tiendas, una para cada uno, todavía no ha comprendido plenamente lo que contempla.
La respuesta llega inmediatamente desde el cielo. La voz del Padre no invita a escuchar indistintamente a los tres personajes, sino que señala únicamente a Cristo: «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo». En esa afirmación queda resumida toda la economía de la salvación: la Ley y los Profetas encuentran su cumplimiento definitivo en el Hijo de Dios.
La luz de Cristo ilumina también a su Iglesia
El resplandor del rostro de Jesús manifiesta su gloria divina, pero también revela quién es para el hombre. San Agustín afirma que Cristo es para el corazón lo que el sol es para los ojos del cuerpo: la luz sin la cual no puede verse la verdad.
Las vestiduras blancas poseen igualmente un profundo significado. El santo ve en ellas una imagen de la Iglesia, revestida por la gracia de Cristo. Como las vestiduras reciben su belleza de quien las lleva, así la Iglesia participa de la santidad de su Señor. No brilla por sí misma, sino porque permanece unida a Él.
Esta lectura recuerda que la santidad no consiste en un esfuerzo exclusivamente humano. Es Cristo quien transforma, purifica y comunica su propia vida a quienes permanecen en comunión con Él.
Pedro descubre que el Tabor no es la meta
La reacción de Pedro resulta profundamente humana. Después de contemplar aquella gloria, exclama: «Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!».
La tradición de la Iglesia ha visto en esas palabras el deseo espontáneo de permanecer donde Dios se manifiesta con claridad. San Agustín reconoce que Pedro habla movido por el gozo de la contemplación, pero muestra también que todavía desconoce el sentido completo de aquella experiencia.
Jesús no ha llevado a los tres discípulos al monte para que permanezcan allí. Los ha conducido hasta ese lugar para preparar sus corazones ante los acontecimientos que están próximos. La Transfiguración precede a la Pasión porque la gloria debe sostener la fe cuando llegue la hora de la prueba.
Por eso, el Tabor no puede entenderse separado del Calvario. Ambos montes forman parte del mismo misterio redentor.
«Levántense y no teman»
Cuando la voz del Padre resuena desde la nube, los discípulos caen rostro en tierra llenos de temor. Entonces Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levántense y no teman».
Al levantar la vista, ya no ven a Moisés ni a Elías. Solo permanece Cristo.
San Agustín encuentra en este detalle una síntesis del camino cristiano. La Ley y los Profetas han cumplido su misión conduciendo al hombre hasta Jesús. Ahora es Él quien permanece como centro de la fe y de la esperanza. Toda la revelación converge finalmente en su persona.
El gesto de Cristo, además, manifiesta que el encuentro con Dios no termina en el temor, sino en la confianza. Él levanta al hombre para que continúe caminando tras sus pasos.
«Desciende, Pedro»
El sermón de san Agustín alcanza su punto culminante al fijarse en las últimas palabras del Evangelio: «Mientras bajaban del monte…».
Para el obispo de Hipona, ahí se encuentra una de las claves de la vida cristiana. Pedro había querido permanecer en el Tabor, pero Cristo lo conduce nuevamente al camino. El discípulo no puede instalarse en la consolación espiritual porque su vocación consiste en seguir al Maestro allí donde Él vaya.
San Agustín pone entonces en labios de Cristo una exhortación que atraviesa los siglos: «Desciende, Pedro».
Desciende para anunciar el Evangelio. Desciende para servir a tus hermanos. Desciende para vivir la caridad. Desciende para aceptar el trabajo, las dificultades y la cruz de cada día.
No se trata de abandonar la contemplación, sino de comprender su finalidad. Quien ha contemplado la gloria de Cristo está llamado a volver al mundo con una fe más firme y una caridad más generosa. El Tabor no es una huida de la realidad; es la preparación para vivirla según el Evangelio.
Una fiesta que une el Tabor con la Cruz
Aunque los Evangelios no indican la fecha en que tuvo lugar la Transfiguración, la Iglesia celebra este misterio el 6 de agosto desde hace siglos. En Oriente la festividad aparece ya en los primeros calendarios litúrgicos, mientras que en Occidente fue extendida a toda la Iglesia por el papa Calixto III tras la victoria de Belgrado frente al avance otomano, obtenida el 6 de agosto de 1456.
La elección de esta fecha posee también un significado litúrgico. La Transfiguración se celebra cuarenta días antes de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre. No es una coincidencia. El calendario recuerda así que la gloria contemplada en el Tabor y la entrega consumada en el Calvario forman parte del mismo misterio de salvación.
La liturgia de este día invita a contemplar a Cristo glorioso, pero también a seguirle cuando el camino conduce hacia la cruz. Esa es, en definitiva, la enseñanza que san Agustín extrae del Evangelio: la contemplación fortalece la fe, pero siempre conduce de nuevo a la misión. El discípulo sube al monte para reconocer quién es Cristo; desciende de él para vivir conforme a esa verdad.
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