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HOMILÍAS APOLOGÉTICAS | Domingo XI Post-Pentecosten

8 de agosto de 2026 · por Gelasius

Muy provechoso es la preparación Litúrgica previa a una ceremonia o Misa. Es por eso que les traigo una muy buena homilía del Evangelio de este Domingo, sobre el recto hablar. Está tomada de un antiguo libro llamado «Homilías Apologéticas» (Trad. de Mons. Agustín Piaggio -1916-), que ya está discontinuo –al menos hasta donde llega mi conocimiento–, pero que en esta ocasión les facilito. Homilías antiguas… pero muy nuevas.

Para quienes deseen leer los textos, sobre todo el Evangelio de este Domingo, les dejo aquí el enlace. Santa lectura.


DOMINGO XI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Blasfemar es una costumbre

Et loquebatur recte.
–Y hablaba correctamente–
Marc. VII, 31-37

El milagro de Jesucristo que nos refiere el Evangelio de hoy interesa mi atención sobre el abuso reprobable que gran parte de los cristianos de nuestra época hace del don más precioso que distingue al hombre de los brutos y lo hace el verdadero rey de la creación. Parece imposible que mientras entre los turcos y judíos el nombre de Dios es tan reverenciado, entre los cristianos sea maltratado y despreciado con tanta ligereza. Es el mayor mal de nuestro siglo, es una rebelión contra Dios, el non plus ultra de la impiedad. ¡Ah! para curar un mal tan profundo es menester que Jesucristo emplee toda la energía de su gracia y haga un prodigio más estupendo que el que nos refiere el Evangelio, con el cual devolvió la palabra al sordomudo. —Et loquebatur recte.— Y como para ningún pecado se aducen tantas excusas y pretextos para disminuir su malicia y tranquilizar su conciencia, permitid que hoy os demuestre la futilidad de los mismos, a fin de que concibáis un santo horror contra vicio tan detestable, y, si por desgracia lo tuviereis, os enmendaréis de él.

La excusa más común es que la blasfemia es una costumbre contraída de muchos años, y que, por lo tanto, no hay ninguna intención de ofender a Dios. Pero la costumbre es una excusa frívola, que lejos de disminuir la malicia del pecado, la aumenta, porque multiplica sus actos. Sería una buena razón si estuvierais empeñados en enmendaros e inconscientemente profirierais blasfemias; pero si nada hacéis para romper las cadenas de esa costumbre, ésta, considerada en sí misma, es un motivo que agrava vuestra culpa. ¿Qué contestaríais a un ladrón que os quitase el dinero, u os hiriese, aduciendo como excusa de su proceder que está acostumbrado a robar y golpear a los que encuentra?

Otros dicen: —Yo no tengo intención de injuriar a Dios.— ¿De cuándo acá, para cometer un pecado, es necesaria la intención directa y positiva contra el Señor? ¿Qué diríais de un hijo que viola los mandatos de sus padres, o de un ciudadano que quebranta las leyes del Estado, y se excusa diciendo: —Yo no hago esto por ofender a nadie, sino porque me agrada.— Basta saber que aquella acción está prohibida por la ley de Dios, para que sea pecado el hacerla. ¿Quién ignora la gravedad de la blasfemia? Ningún otro pecado tiene tanta malicia como éste, y San Agustín dice que los blasfemos son peores que los judíos que crucificaron al Señor. Santo Tomás escribe que la blasfemia tiene la primacía entre todos los delitos, y como la religión compendia todo lo que honra a Dios, la blasfemia contiene todo aquello que lo desprecia. Más grave que el perjurio, que apoya sus falsedades sobre el testimonio del Altísimo; más grave que el robo, que el adulterio, que el parricidio, que tienen por objeto las criaturas; peor que la misma apostasía con que se abandona a Jesucristo, la blasfemia atribuye a Dios toda ignominia y le insulta directamente. ¿Cómo, pues, se puede alegar ignorancia de toda esta malicia? ¿Cómo no conocer la gravedad de semejante ultraje hecho a Dios? El rey David había cometido dos grandes pecados; mas el Señor, vencido por su arrepentimiento, le envió un profeta que le dijera: –Tu pecado ha sido perdonado; pero como has sido causa de que los enemigos del Señor blasfemaran su augusto nombre, tu descendencia morirá.— No solamente la ley divina nos hace conocer la gravedad de la blasfemia, sino que también las leyes civiles, pues casi todos los códigos sancionan penas, más o menos severas, contra los blasfemos. ¿Cómo, pues, se puede aducir el pretexto de la ignorancia, cuando todo nos habla de la malicia suprema de este pecado?

—Es en los arrebatos de cólera cuando sin darnos cuenta se nos escapan las blasfemias.— Pero la cólera es uno de los vicios capitales, y un pecado no excusa otro. ¿Habéis visto en vuestra vida a alguien que se lavara la cara con tinta? No, por cierto. Pues bien, decir que vuestras blasfemias son consecuencia de la cólera es lo mismo. Se sabe que la ira es la madre de todos los pecados; no sólo el Evangelio, sino también la razón nos aconsejan no dejarnos dominar por ella; y no sin motivo se la llama ciega, porque obscurece la razón, enturbia la paz del corazón y concentra toda la vida en los labios que injurian, en el pie que golpea y en la mano que hiere. Una culpa no justifica otra culpa, antes bien, si es consecuencia de la otra, la hace mucho más grave.

—Yo blasfemo porque todo me va mal.— Excusa más fútil no se puede dar. ¿De quién es la culpa de que vuestros trabajos no tengan éxito, de que vuestras empresas fracasen y de que los malvados os perjudiquen? ¿Es, por ventura, culpa de Dios? Pues aun suponiendo que creyerais que Él quiere castigaros de esa manera, ¿no es una gran locura provocar con nuevas blasfemias mayores castigos? ¿Qué sois vosotros comparados con Dios omnipotente? Un gusano miserable de la tierra, que necesita a cada instante de Dios para seguir viviendo, pues si Él os dejara de su mano os aniquilaría. ¿Qué diríais de un condenado a muerte que espera de su soberano la gracia de la vida, y en vez de presentarse suplicante ante el trono del rey se arrojara sobre él para abofetearle? Y bien, Dios, árbitro de la vida y de la muerte, podría aniquilaros en el mismo instante en que blasfemáis su nombre; ¿y vosotros osáis todavía provocar su enojo? ¿No es esta la locura más grande?

—Padre, para imponerse a cierta gente no hay cosa mejor que blasfemar.— Pero decidme, por Dios santo, ¿desde cuándo la blasfemia es una prueba de valor? La gente decente la tiene como una muestra indudable de bajeza, porque, en resumidas cuentas, la blasfemia no es más que el grito de la impotencia contra Aquel que todo lo puede. Es también una vileza, porque impotentes para vengaros de quien os ofende u os defrauda, dirigís vuestro enojo contra quien no hace más que beneficiaros. ¿Qué pensaríais de una persona que, no pudiendo medirse con quien la ofende, se desahogara con el primero que encuentra a su paso? Seguramente pensaríais que en ese corazón se anidan sentimientos muy bajos. Pues lo mismo debéis pensar del blasfemo, que, no queriendo o no pudiendo desahogar su cólera contra los parientes, los sirvientes u otras personas, se vuelve contra Dios.

Y ¿es verdad que la blasfemia atemoriza a la gente? Los blasfemos creen que como los campesinos espantan a los pájaros con un harapo para que no hagan daño en los sembrados, así también pueden ellos con su sacrílego lenguaje asustar a los hombres. ¡Vana ilusión! Si son personas devotas sienten asco, pero no miedo; si no lo son, se ríen de las baladronadas de los blasfemos y les contestan con otras blasfemias, o de peor manera.

—No podemos creer que la blasfemia sea cosa tan grave como vos decís, desde el momento que vemos cómo los blasfemos desafían al cielo y quedan impunes.— Esta manera de hablar da a entender que creéis a Dios tan propenso a la venganza como lo es el hombre. Dios no tiene día señalado para el pago: paga cuando quiere. Incierto de lo futuro, el hombre no espera el día de mañana para vengarse, y si demora la venganza, es debido a que no se le presenta ocasión propicia; mas el Altísimo, porque es eterno, es paciente, pues el tiempo para vengarse lo tiene en su mano. Y sería pensar mal de su justicia decir que los blasfemos quedarán impunes. Ningún otro pecado ha tenido, aun en el tiempo, castigos más ejemplares que la blasfemia. No os hablo de Coré, Datán y Abirón, que la tierra tragó vivos; no de Senaquerib, que murió a manos de sus propios hijos; no de Arrio, que murió de una manera vergonzosa; no de Voltaire, cuya muerte impresionó terriblemente a su médico Tronchín. Apelo a vosotros; es difícil que haya quien no sepa de algún blasfemo terriblemente castigado por Dios, aun en esta vida.

—Hay que estar alegres y no rezongando toda la vida; se blasfema por broma y para demostrar que somos joviales y no escrupulosos.— Y os contesta un Padre de la Iglesia, San Pedro Crisólogo: —Estas no son bromas, sino delitos. —Non sunt hæc lubrica, sed crimina.— ¿Y qué nueva clase de broma es esta que se mofa e insulta a la majestad de Dios? ¿Toleraríais en paz que otros se burlaran de vos y se divirtieran con menoscabo de vuestro honor? ¿Faltan acaso medios de diversión para tener alegre honestamente a una reunión? Peores que los judíos, los cuales se burlaron de Cristo y le hicieron blanco de todos los escarnios, sois vosotros; porque aquéllos, de dura cerviz y de sentimientos groseros, no le conocían bien, mientras que vosotros arrastráis su nombre sacrosanto por el suelo, teniendo pruebas evidentes de su divinidad. ¡Ah! contra este vicio tan repugnante no hay excusa ni pretexto que valga. Gran parte de los castigos que al presente afligen a la humanidad son provocados por el vicio de la blasfemia, el cual, siendo público y común, atrae también castigos comunes. Los terremotos, las pestes, las inundaciones, las carestías, en una palabra, todos los males que asolan la tierra, son castigos del Altísimo, ultrajado por la blasfemia de sus criaturas. Si queremos, pues, tener el cielo en nuestro favor, tratemos de hacer cesar vicio tan monstruoso, y quien por desgracia lo haya contraído, trate con todas sus fuerzas de arrancarlo de raíz. —Blasphemia tollatur a vobis (Toda blasfemia destiérrese de vosotros)—, os repito con el Apóstol, y siempre que con rapidez y eficacia tratéis la enmienda, no os faltará la gracia del Señor, que, como al sordomudo del Evangelio, os dará el don de un lenguaje cristiano. —Et loquebatur recte.—

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