Proceso de Admisión

Discernimiento y Formación

L a vocación de Schola Veritatis está dirigida a todos los miembros de la Iglesia católica que buscan la santidad según el espíritu, la naturaleza y la finalidad de nuestra Asociación. A ella puede pertenecer cualquier persona que se encuentre en situación canónica legítima y que, con recta intención, se halle en disposición de aceptar nuestros Estatutos.

Tanto varones como mujeres, viviendo en Monasterios apartes, pueden ser llamados a vivir el carisma monástico contemplativo de Schola Veritatis.

Vida comunitaria en el monasterio

El discernimiento de cada vocación lo realizan los formadores con el candidato; discernimiento que debe hacerse con espíritu de humildad y transparencia ante los Superiores, salvaguardando la libertad de conciencia de ambas partes. Esta libertad permite a los Superiores, en nombre de la Iglesia, aceptar o rechazar a un candidato, y al candidato decidir si acepta el camino espiritual propuesto.

Etapas de Formación

Los miembros de Schola Veritatis están llamados a comprometerse de manera definitiva después de un tiempo de discernimiento y formación que consta de 4 etapas:

Al término de este último período, si existe acuerdo entre el candidato, la comunidad y los superiores de que tal es la Voluntad de Dios, se realiza a título de perpetuidad la profesión de los votos monásticos:

Obediencia · Estabilidad · Conversión de Costumbres
Martirio (testimonio) por la Verdad

La edad mínima para iniciar el proceso de admisión es de 18 años y la máxima de 35 años.


«Estad siempre alegres»

Todo hombre tiene inscrita en su propia naturaleza la vocación a la alegría. Todos queremos ser felices. En esto no tenemos libertad para elegir. El punto está en dónde procuramos esa felicidad.

«¡Jesús, tú eres mi alegría, dehesa de mi corazón, Jesús ornato mío! ¡Ah, hace tiempo que el corazón está anhelante y suspira por ti! ¡Cordero de Dios, Esposo mío, no tendré fuera de ti ningún otro amor en mi vida!» (J.S. Bach, Cantata 147)

Conocer y amar a Jesús es la suprema bienaventuranza. Pero para poder recibir este amor y este gozo divino como un don, es necesario morir a nosotros mismos. Es el camino de la cruz, de la ascesis, tan bien descrito para nosotros los monjes en el Capítulo IV y VII de la Regla de nuestro Padre San Benito. Todo itinerario que pretenda llegar a la alegría de la gloria sin pasar por la cruz es falso.

Monje en un momento de alegría y oración

Por eso quienes de verdad han alcanzado la alegría son los santos. El gran San Ignacio de Antioquia escribía camino del martirio: «Con gran alegría os escribo, deseando morir... hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: “Ven al Padre”».

De San Bruno se escribió: «Semper vultu festa», siempre su rostro estaba en fiesta. El cristianismo alegra porque hace pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad propia de los hijos de Dios. Y la vida consagrada, al conllevar la unión esponsal con la misma Alegría, es una vida gozosa y exultante.

«Oh justo, exultad de alegría; y para poder hacer esto cantad a Dios, es decir, alabadlo en la contemplación. Aplicaos a la vida contemplativa que consiste en atender a la oración y a la contemplación de los secretos de Dios, dejando todo lo que es terreno».
(Comentario de San Bruno al Salmo 67)