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Sagrada Liturgia

«La Misa, corazón de la cultura cristiana» – Dr. Rubén Peretó Rivas

27 de agosto de 2026 · por Solitudo Mariae

Traemos aquí una grandiosa conferencia del muy estimado Dr. Rubén Peretó Rivas, autor del libro El Nacimiento de la cultura cristiana, dada el mes pasado con ocasión del LX Aniversario de la Asociación Litúrgica Magníficat (capítulo de Chile de la FIUV). Recomendamos vivamente leer el texto íntegro en la página de dicha asociación. A continuación, algunos pasajes de ella[1].


La “cultura cristiana”. Culto y cultura

John Senior, respondió a la pregunta con una afirmación que a muchos les pareció, y les sigue pareciendo, escandalosa: ¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente, LA MISA. La Cristiandad es la Misa y todo el aparato que la protege y la favorece.

Quisiera que hoy la tomáramos completamente en serio, que la siguiéramos hasta sus últimas consecuencias. Porque si Senior tiene razón, entonces se siguen dos cosas de enorme importancia práctica. Primera: que la cultura cristiana no murió por accidente. Y segunda: que su restauración no comenzará por la política, ni por los medios de comunicación, ni siquiera por las escuelas, sino por el altar. Quien quiera restaurar la cultura cristiana debe empezar por restaurar el culto cristiano.

Cultura viene de cultus, y cultus significa, antes que nada, culto: el cultivo de lo que se venera. «El culto es la base de la cultura», escribió Senior. Desde la Revolución Francesa se ha intentado una y otra vez fabricar fiestas laicas, celebraciones cívicas sin referencia al culto divino, y el esfuerzo penoso que exige darles alguna apariencia festiva es la mejor prueba de que la festividad solo es posible donde el culto divino sigue siendo un acto vivo.

Ahora bien: si toda cultura nace del culto, la cultura cristiana nace del culto cristiano, y el culto cristiano tiene un centro absoluto: el santo sacrificio de la Misa. Todo lo demás brota de ahí y remite ahí.

La Santa Misa centro fundante y rector de la civilización

La civilización no es un sistema económico con capillas decorativas, sino un pueblo entero ordenado, como los radios de una rueda, hacia un centro que es un altar. Esta ordenación llegaba a los detalles más pequeños de la vida, y ahí precisamente estaba su fuerza, porque una cultura no se compone de grandes declaraciones sino de detalles cotidianos. El tiempo mismo estaba consagrado: el año era el año litúrgico, la semana desembocaba en el domingo, el día estaba jalonado por el Ángelus. Y la primera ley de la economía cristiana, que hoy nos suena increíble, era esta: el fin del trabajo no es la ganancia, sino la oración.

Ese principio de orden era litúrgico antes que político: los hombres vivían, sentían y pensaban juntos en relación con Cristo y con su Cruz porque cada semana, cada día, el sacrificio de la Cruz se hacía presente en medio de ellos.

¿Dónde está la cultura cristiana hoy?

Hay que buscar la herida en el corazón. Y Senior la formuló en una frase que merece ser meditada palabra por palabra: rigurosamente, paso a paso, durante los últimos cuatrocientos años, la persona de Cristo ha sido retirada de nuestra experiencia. Las generaciones crecen en un vacío religioso, en una atmósfera cargada, por así decirlo, con su ausencia.

El racionalismo redujo la religión a una idea; el romanticismo la redujo a una emoción; el modernismo la redujo a una metáfora, a un símbolo. En cada etapa, Cristo se volvía menos real, menos presente, menos alguien con quien uno se encuentra y más algo sobre lo cual uno opina.

Nada es sagrado. Ese es el diagnóstico entero en tres palabras. Una cultura muere cuando pierde el sentido de lo sagrado; y pierde el sentido de lo sagrado cuando lo sagrado mismo —la Presencia real de Dios en medio de su pueblo— ha sido retirado de su experiencia, o velado, o tratado con negligencia por quienes debían custodiarlo.

La restauración desde y en el Altar

El cardenal Ratzinger lo formuló de manera lapidaria: la Iglesia se levanta y cae con la liturgia. Cuando la adoración de la Trinidad decae, cuando la fe ya no aparece en su plenitud en la liturgia de la Iglesia, la fe ha perdido el lugar donde se expresa y donde habita. Por ello, la verdadera celebración de la liturgia es el centro de toda renovación de la Iglesia.

  1. Silencio. En el corazón de la Misa, el canon se pronuncia en voz baja; el Cuerpo del Señor es elevado en silencio, y el sonido de la campanilla no rompe ese silencio, sino que lo acentúa, apagando el ruido del mundo. En la consagración hasta los ángeles detienen su canto, el silencio invade la corte del cielo, y sobre la tierra se extienden las tinieblas hasta la hora nona. Una liturgia que custodia ese momento con silencio, con orientación, con gestos medidos y heredados, enseña sin palabras qué es lo que allí ocurre.
  2. Lengua sagrada. Hace por el oído lo que el cancel y el atrio hacen por el espacio: marca un umbral, dice al alma que entra en otro ámbito. Y el gregoriano, que es esa lengua hecha canto, es una solemne oración: no música para acompañar el culto, sino culto hecho música.
  3. Memoria. Hacemos memoria del sacrificio de Cristo re-presentado, hecho presente ante nosotros ahora. El Señor no mandó a los Apóstoles «recordar esto», sino «hacer esto en memoria mía». Una cultura es precisamente eso: una memoria compartida que se transmite como un don. Por eso una civilización que asesina su memoria muere, y por eso el acto supremo de memoria —el memorial del sacrificio de la Cruz— es la semilla de toda cultura posible.

¿Qué hacer?

Lo primero ya lo hemos dicho, pero hay que decirlo como tarea: asistir, sostener y transmitir el culto digno, cum Petro et sub Petro. Nuestra acción, cualquier cosa que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, cuyo corazón es el santo sacrificio de la Misa.

Lo segundo: extender el culto más allá de la Misa, hasta que vuelva a estructurar el tiempo. La Misa es el sol, pero el sol tiene su cortejo. El Oficio Divino, ante todo: la oración pública y perfecta de la Iglesia; las devociones aprobadas: la bendición del Santísimo Sacramento, el Ángelus, el Vía Crucis, las Cuarenta Horas, el Rosario. Y recuerden la regla de San Benito: si los contemplativos dan a Dios la vida entera y los sacerdotes una gran parte, a los laicos nos corresponde al menos el diezmo de nuestro tiempo.

Lo tercero: la vida monástica. La cristiandad la sembraron los monjes, y la más simple y práctica restauración de la cultura cristiana será la restauración de los conventos y monasterios contemplativos. La gracia no se ve ni se oye y es muy pobre: una casa humilde con algunas almas consagradas totalmente a la oración puede revitalizar la vida espiritual de una ciudad moribunda.

Recemos para que ella nos alcance la gracia de ser, no anticuarios de una liturgia, sino constructores de una cristiandad; de trabajar, rezar y sufrir —las tres cosas— para restaurar un culto que sostenga una fe viva, donde los signos sensibles cultiven la vida interior y renueven el sentido de lo sagrado. Entonces la liturgia volverá a inspirar la cultura, como la inspiró durante mil años.

Fuente: Asociación Litúrgica Magníficat


[1] Las negritas y los subtítulos son nuestros.

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