Teología-Espiritualidad
Beata Imelda: Inocencia que muere de amor.

Un Dios alimento… pan de sus criaturas, ¿no es para hacernos morir de amor? (Carta 151).
Estas palabras de Santa Teresa de los Andes son un reflejo de la vida de la Beata Imelda Lambertini, a quien San Pío X declaró patrona de los niños que realizan su primera Comunión.
La Beata Imelda nació en Bolonia, Italia, hacia 1322, en una familia noble y muy cristiana. Desde muy niña manifestó un profundo amor por Jesucristo y una especial devoción a la Sagrada Eucaristía, y asistía muy frecuentemente a la Santa Misa y al Oficio Divino en una iglesia Dominicana cercana a su hogar. A los nueve años manifestó a sus padres el deseo de ingresar en el convento de las religiosas dominicas de Val di Pietra, a lo cual ellos no se negaron, viendo la profunda piedad de su hija.
En el convento, se desarrolla más su vida interior, aprendiendo a cantar con sus hermanas el Oficio Divino, y realizando las tareas de que era capaz por su corta edad. Sin embargo lo que más la consumía era el deseo ardentísimo de recibir a Jesús Eucaristía, lo cual le fue negado muchas veces, ya que por la disciplina de la Iglesia en vigor, no le era permitido recibirla en tan corta edad.
Junto con ese deseo, había en el corazón de esa niña una pregunta acuciante para nosotros: ¿Cómo es posible recibir a Dios, Fuego Ardiente, Amor substancial, el Ser por esencia, y no morir?…
Y Jesús, que preparaba el corazón de su Pequeña Esposa para el más sublime de los dones, accedió a su deseo. Y cuenta la tradición que en la Vigilia de la Ascensión de 1333, después que toda la Comunidad se hubo retirado después de la Santa Misa, Imelda se quedó en oración en la capilla. El sacerdote que por allí pasaba, vio con asombro que una pequeña hostia luminosa estaba suspendida encima de la cabeza de la niña. Comprendiendo lo que Jesús quería, le dio a Imelda su Primera Comunión. Viendo después las religiosas que pasaba el tiempo, y la pequeña no se movía, fueron a llamarla, y se percataron con asombro, que ya no vivía: había muerto, totalmente consumida por el amor de su Divino Esposo que se le entregó sin reservas en la Sagrada Comunión.
Quiera la Beata Imelda darnos un poco de esa pureza que tienen los niños. De esa fe, que debería hacernos caer de rodillas y estremecernos de asombro ante el misterio inefable de la Presencia Eucarística de Dios entre nosotros. Y que nos dé finalmente, un poco de ese deseo ardiente de recibir al Señor con las mejores disposiciones posibles, para morir a aquello que nos impide dejarnos transformar por Él.
Deje su comentario