Homilías
María, primicia de la recapitulación de todas las cosas en Cristo

El cumplimiento de las promesas mesiánicas en María.
Con inmenso gozo, hemos celebrado el día Sábado –y lo seguimos haciendo durante toda su Octava-, junto con toda la Iglesia, la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma al Cielo. La Sagrada Liturgia, al poner como primera lectura el conocido pasaje del libro del Apocalipsis, nos lleva a interpretar a aquella Mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies, como la figura de la Madre de Dios asunta al cielo. El significado simbólico de las 12 estrellas, apunta al cumplimiento en la Virgen María de las esperanzas y las promesas del pueblo elegido de Israel. Promesas por las cuales los discípulos le preguntaron a Jesús luego de su Ascensión: ¿Es ahora que vas a instaurar el Reino de Israel? Es decir: Ya que sabemos por tu resurrección que eres el Mesías, ¿ahora se cumplirá en el orden universal lo que ha sido profetizado en tantos pasajes del Antiguo Testamento? A lo cual Jesús les respondió: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado con su potestad» (Hch 1,6-7). No les responde Jesús que tales promesas no se cumplirán, ni que ellos todavía no entienden nada, como suele ser la interpretación liberal de este pasaje. Les dice que no saben cuando sucederá. Pero queda claro que ha de suceder.
A estas promesas, también se había referido el Apóstol San Pedro cuando dijo: «Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal» (Hch 3,19-21). María Santísima, entonces, por ser Inmaculada Concepción redimida por Cristo, por ser Madre de Jesús y del Pueblo de Dios, por ser Asunta al cielo y Reina del mundo, simboliza toda la gloria de la Iglesia. Simboliza la victoria definitiva de Jesucristo Nuestro Señor sobre el Dragón. Así queda confirmada la profecía del Génesis en el llamado Protoevangelio: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar (Gen 3,15)». Así María muestra el camino de la Iglesia y del mundo en el que finalmente Dios será todo en todos (Cf. 1 Cor 15, 28).
Contexto de la proclamación del dogma
Cuando el Santo Padre Pío XII proclama el dogma de la Asunción, en 1950, tenía ante sí un mundo en ruinas. Las fotos de Alemania de esos años son elocuentes. Nos muestran un país que hacía pocos años casi había conquistado el mundo occidental, y que ahora estaba destrozado, con el peso moral a cuestas de decenas de millones de muertos. ¿Cómo fue posible llegar hasta este extremo? Para entender las guerras mundiales no es cuestión solamente de culpar a una o a un grupo de personas. A la cosmovisión que genera una guerra mundial no se llega en un día. Debemos remontarnos a un largo y complejo proceso ideológico que comienza en el siglo XIV. Este proceso se consolida sobre todo a partir de la implantación de los liberalismos en Occidente en los dos últimos siglos, como fruto de la Ilustración y de la Revolución francesa. El carácter milenarista de estas cosmovisiones es explícito en sus autores. Por poner un ejemplo, menciono a Emmanuel Kant cuando habla del «triunfo del Reino de Dios sobre la tierra», y dice que «el Estado ético es la instauración del Reino de Dios sobre la tierra» (La religión dentro de los límites de la razón, 3ª parte). También Spinoza y Rousseau hablan de un milenarismo que ha de venir por el sistema democrático liberal que ellos sustentan. Todo esto en la entrada del S. XX gestó un clima de triunfalismo inmenso, el cual vino a caer estrepitosamente en lo acontecido: nunca se habían registrado en la historia tiranías de las proporciones y crueldad como las de los siglos XIX-XX. Expresamente inspiradas por el liberalismo y las ideologías de Occidente que le han seguido ―el facismo, el marxismo, el nacional socialismo, y las diversas formas de nacionalismo y socialismo actuales―, estas corrientes, hijas por diversos cauces, del pensamiento liberal han afectado al universo entero. Son auténticos milenarismos intrahistóricos que han puesto al hombre en el lugar de Dios, y han terminado volviéndose monstruosamente contra el mismo hombre. Pues bien, este contexto dramático de la post-guerra es el que el Papa Pío XII tenía ante sus ojos cuando proclamó el dogma de la Asunción de la Virgen María al cielo. Entonces podemos preguntarnos: ¿constituye este acto un hecho aislado, propio de la piedad del Pontífice y del pueblo cristiano, que nada tiene que ver con todo lo que había sucedido y con lo que habría de venir? Precisamente el dogma de la comunión de los santos nos enseña lo contrario. María Santísima no permanece de ninguna manera indiferente a la marcha concreta del mundo. El misterio de su Asunción constituye una luz clara y diáfana para un mundo envuelto en tinieblas y en sombras de muerte. Esta humanidad nuestra, de alguna manera, gime con dolores de parto –como dice el libro del Apocalipsis-, incapacitada de salir del camino por donde se ha adentrado sin la ayuda del Único que puede salvarlo.
¿Qué conclusiones se pueden sacar de lo expuesto?
La primera es la convicción de que tenemos una Madre que está en el cielo y que sigue colaborando en su papel de Corredentora junto a su Hijo, por la salvación del mundo. Ella lo hace con su corazón de Madre, de Mujer, viviendo de alguna manera misteriosa en sí misma, el dolor que tantos hombres padecen en nuestro tiempo. Ella no es ajena a nada de lo que nos sucede. Por supuesto que no le es indiferente ninguno de los problemas que hoy más gravemente nos afectan; no le es indiferente la destrucción de las familias, el quiebre de los matrimonios, la pérdida doctrinal y moral de los jóvenes, los millones de víctimas del aborto… Ella está junto a nosotros con un amor como ninguno otro. María Santísima, nuestra Madre, Asunta al Cielo se ocupa de nuestra suerte, de todas nuestras cosas, y sobre todo de nuestra salvación eterna.
María, primicia de la verdadera redención del mundo.
La segunda conclusión tomémosla de un texto fundamental del Concilio Vaticano II, que en el n° 68 de la misma Constitución Lumen Gentium dice: «La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el siglo futuro; así en esta tierra antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (Cf. 2 Pe 3, 10)». (LG 68). Esto quiere decir que la esperanza del pueblo cristiano ha de estar puesta en la regeneración del mundo, en el tiempo de la consolación y de la restauración universal, de la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef. 1, 10); porque el mundo está ya rescatado por la sangre de Cristo, pero ha de pasar por la prueba final de la apostasía de la verdad, antes de que Cristo reine, como bien indica el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 675. Esta redención ya se ha operado en María Santísima. Mirándola a Ella asunta en cuerpo y alma tenemos el modelo de nuestra propia salvación y la del mundo entero. Mirándola a Ella podemos desechar toda solución social, cultural y política que quiera construir la sociedad actual sobre principios que ponen al hombre en lugar de Dios y contra Dios, cerradas absolutamente al horizonte grandioso de la Revelación cristiana y de la fe católica. Al mismo tiempo, mirándola a ella podemos tener una esperanza cierta en lo que Dios quiere obrar en cada uno de nosotros y en el mundo entero, si sinceramente nos sometemos a su soberanía, y abrimos «de par en par las puertas a Cristo».
Terminemos pidiendo a nuestra Madre que nos alcance aquello que decía Juan Pablo II frente a los problemas de la historia: que el límite del mal es la misericordia divina. Más aun, Ella interceda para que pueda cumplirse en la historia pronto aquello que dice San Pablo: «Dios encerró a todos los hombres en el pecado, para usar con todos de misericordia», «porque donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia». Amén.
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