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Blog católico que busca, a través de la contemplación y la sana doctrina, el camino de la Verdad contra el error.

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EL ABISMO DEL SUFRIMIENTO CONSENTIDO

11 de agosto de 2026 · por Athanasius-Mariae-Eremita

Sobre el sufrimiento que se mira a sí mismo, e inconscientemente «se cierra» a la verdad que libera.

A la hora de escribir este post no sabía bien cómo ponerle de título y se me ocurrieron cuatro posibilidades. Pongo tres, porque ya hay una de título, y lo hago a modo de introducción, porque todas tienen que ver con el tema a tratar:

1. Amaba dolerme…  El sufrimiento vuelto sobre sí y la verdad que no llega a ser considerada.

2. La coartada del dolor…  Sobre el amor propio que prefiere el abismo a una salida externa liberadora.

3. El último dominio…  El sufrimiento como propiedad inviolable del amor propio.

El rezo habitual de los misterios dolorosos del Santo Rosario que nos llevan a mirar cara a cara —lo que no es fácil—, la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, me han llevado a preguntarme desde hace muchos años por el sentido más profundo del sufrimiento de Cristo y de nuestro sufrimiento.

Esta búsqueda lleva necesariamente a entrar también en el misterio de la persona humana. La antropología de Santo Tomás de Aquino es un camino seguro para abordar este itinerario, lejos de las corrientes filosóficas de la modernidad, las cuales como sirenas nos conducen por caminos que parecen buenos, pero al estar fundados en las premisas cartesianas, pueden conducirnos al error, que en estos temas puede ser fatal. En este sentido, la advertencia con la que San Benito abre, dentro del primer grado de humildad, el capítulo sobre este tema —para prevenir contra la confianza en el propio juicio y la ilusión de seguir un camino correcto sin verdadero discernimiento espiritual— es un llamado de atención para no fiarse NUNCA de sí mismo:

«Sunt viæ quæ putantur ab hominibus rectæ, quarum finis usque ad profundum inferni demergit.»

(«Hay caminos que a los hombres les parecen rectos, cuyo fin, sin embargo, se hunde en lo profundo del infierno».)

Regla de San Benito 7, 21 — primer grado de humildad.

I.  Una escena en el teatro

Agustín, joven en Cartago, se sorprende llorando en el teatro y se hace una pregunta que cuando derramamos lágrimas no solemos hacernos: por qué quiere el hombre dolerse mirando desgracias que él mismo no querría padecer.

La respuesta que da no se ha vuelto a formular con tanta limpieza:

«amaba dolerme y buscaba que hubiera algo de qué dolerme»  (Confesiones III, 2).

Con estas palabras consignadas en el inmortal libro de Las Confesiones describe una posibilidad permanente del corazón humano: que el dolor deje de padecerse y empiece a quererse.

El sufrimiento ha conducido a muchas personas a la santidad, pero a otras a la desesperación y, en los casos extremos, como Judas, al suicidio. Interesa sobremanera discernir qué hacemos con nuestro sufrimiento y ver si hemos tomado la segunda senda, aunque no lleguemos a ese extremo, cuando el sufrimiento que padecemos se convierte, sin advertirlo, en el término de nuestro propio dolor.

II.  El peso natural de la tristeza

Santo Tomás enuncia una ley de la vida anímica que hoy nadie discutiría: el dolor intenso quita la facultad de aprender (S.Th. I-II, q. 37, a. 1). La intentio animae, la atención del alma, es limitada, y el mal presente la reclama entera (como cuando nos duele una muela mucho, y eso nos afecta en todos los aspectos)1; por eso la tristeza agrava el ánimo, lo pesa hacia abajo y le impide aplicarse a lo que no sea ella misma. Esto lo hemos experimentado todos de una u otra manera2.

Esta es la condición de una criatura compuesta de alma y cuerpo, cuyo entendimiento opera sobre un cuerpo y unas pasiones. Conviene decirlo, porque nada de lo que sigue, en el desarrollo del post, toca a la enfermedad ni a la tristeza simplemente padecida, que no se elige ni se desmonta por decisión.

Pero en este contexto de un intenso dolor, queda abierta una posibilidad: si el dolor concentra sobre sí la atención entera, puede servir —a quien tenga motivos para ello— como el lugar más seguro donde poner la mirada para no ponerla en otra parte.

III.  Cómo se apaga la luz sin tocarla

Aquí la antropología tomista resulta más fina que cualquier psicología de la sospecha. El entendimiento presenta el bien; pero la voluntad mueve al entendimiento en cuanto al ejercicio de su acto: puede aplicarlo a considerar ese bien y puede retirarlo (S.Th. I, q. 82, a. 4). De ahí que sea posible saber algo en universal, por ejemplo, y no considerarlo jamás en el caso propio: la pasión retiene la atención donde le conviene, y la conclusión verdadera queda sabida y sin aplicar (S.Th. I-II, q. 77, a. 2).

Por eso la posibilidad de bloquear una salida sana a un gran sufrimiento no necesita ser una decisión. Nadie se dice a sí mismo que rechaza la verdad que lo sanaría; lo que ocurre es más silencioso y más eficaz: no se llega nunca a considerarla. No hay negativa, sino una omisión que no se formula. La luz no ha sido apagada: simplemente no se la mira, y no mirarla se ha vuelto costumbre tan antigua que ya parece una segunda naturaleza.

San Agustín había dado el motivo con una precisión que no deja salida: los hombres aman la verdad cuando ilumina y la aborrecen cuando reprende; la aborrecen por causa de aquello que aman en su lugar (Confesiones X, 23, 34), y no la quieren en aquellos que precisamente la ofrecen como remedio. Por el contrario, se busca la ayuda y el apoyo de otros que me confirman en esta «ceguera voluntaria» escondida a nuestra inteligencia. Y esto ocurre porque se está protegiendo algo. La pregunta pertinente no es qué se rechaza, sino qué se está guardando.

IV.  Lo que se está guardando

Lo guardado tiene nombre en la tradición, y Santo Tomás lo enuncia sin rodeos: el amor propio desordenado es la causa de todo pecado (S.Th. I-II, q. 77, a. 4), fórmula que toma expresamente de San Agustín, para quien dos amores levantaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí (La ciudad de Dios XIV, 28).

Aplicado aquí, el mecanismo se vuelve transparente. Cuando la herida ha pasado a constituir la identidad —cuando uno ya es lo que le ocurrió—, la verdad que sanaría llega con una condición insoportable: viene de fuera y no de quien me confirma en mi camino. Y viniendo de fuera afirma dos cosas a la vez: que uno se equivocaba sobre sí mismo y que no puede curarse solo. Eso es precisamente lo que el amor propio no concede. Prefiere un abismo propio a una salida ajena. El abismo, al menos, es suyo; nadie se lo discute; allí es soberano.

Quien no soporta ser pecador no es el más humilde de los hombres, sino el más herido en su estima.

V.  El gozo del que no quiere salir

Queda lo más difícil: cómo puede haber deleite en todo esto. Santo Tomás da la clave en un artículo que rara vez se lee con esta intención. Tratando de los remedios de la tristeza, advierte que el llanto y el gemido la alivian, entre otras razones porque toda operación que conviene al hombre según la disposición en que se halla le resulta deleitable (S.Th. I-II, q. 38, a. 2). Al triste le conviene lamentarse; y por eso lamentarse le agrada.

El alivio es legítimo mientras corre y pasa. Se convierte en otra cosa cuando la disposición se cultiva para que el lamento pueda continuar. Entonces el remedio se ha vuelto alimento, y el hombre ya no llora porque sufre: sostiene el sufrimiento porque necesita ese llanto. Es el círculo que San Agustín describió en Cartago sin ponerle todavía nombre, cuando confesó que buscaba tener de qué dolerse.

VI.  Por qué la salida no es interior

Merece atención la lista de remedios que Santo Tomás propone contra la tristeza: cualquier deleite honesto, las lágrimas, la compasión de los (verdaderos) amigos, la contemplación de la verdad, el sueño y el baño (S.Th. I-II, q. 38). Sorprende su modestia y sorprende, sobre todo, su dirección: todos entran desde fuera o sacan al alma de sí. Ninguno consiste en una «sublime y profunda mirada de sí mismo».

Esa es la forma que tiene el remedio y que le falta a la enfermedad. Por eso la tradición de los santos, milenaria y monótona en este punto, no prescribió nunca introspección. Los padres del desierto, que conocieron el combate espiritual mejor que nadie, no mandaban al monje examinarse: le mandaban permanecer en la celda y manifestar sus pensamientos a otro (Casiano, Instituciones X; Colaciones II). San Benito lo fijó como quinto grado de humildad: descubrir al abad los malos pensamientos que llegan al corazón (Regla 7). Y Santa Teresa, que disponía de toda la agudeza necesaria para mirarse por dentro, puso el límite exacto: jamás acabamos de conocernos si no procuramos conocer a Dios (Moradas primeras, 2).

La operación es siempre la misma: sacar de la circularidad aquello que sólo dentro de ella conserva su fuerza. El pensamiento dicho en voz alta a otro (que no sea quien me confirma en mi camino errado) pierde su prestigio; la herida que se deja ver deja de ser dominio privado.

El abismo del sufrimiento mal vivido no tiene fondo. Lo que lo convierte en cárcel no es su profundidad, sino el consentimiento, y el consentimiento vive de no ser mirado. La luz, entre tanto, no fuerza: aguarda al borde de la consideración, que es el único lugar al que no vamos. Por eso la vida de los santos no es la de quienes sufrieron menos, sino la de quienes no se quedaron con su sufrimiento; y por eso, casi siempre, el primer movimiento hacia fuera no lo dio el que estaba dentro, sino la voz de Otro que lo llamó por su nombre.

La solución viene de Dios y está en el Evangelio de San Juan en los siguientes versículos:

«Et lux in tenebris lucet, et tenebræ eam non comprehenderunt.»

«Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron»3.  Io 1, 5

«In ipso vita erat, et vita erat lux hominum.»

«En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres»4.  Io 1, 4

«Erat lux vera, quæ illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum.»

«Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo».  Io 1, 9

NOTAS

1. Manifestum est autem quod dolor sensibilis maxime trahit ad se intentionem animae… Et ideo si sit dolor intensus, impeditur homo ne tunc aliquid addiscere possit. Et tantum potest intendi, quod nec etiam, instante dolore, potest homo aliquid considerare etiam quod prius scivit.

«Es manifiesto que el dolor sensible atrae hacia sí sobremanera la intención del alma… Y por eso, si el dolor es intenso, el hombre queda impedido de aprender entonces cosa alguna. Y tanto puede intensificarse, que, mientras dura el dolor, ni siquiera puede el hombre considerar lo que antes sabía.»  (S.Th. I-II, q. 37, a. 1)

2. Etiam dolor interior, si multum intendatur, ita trahit intentionem, ut non possit homo de novo aliquid addiscere. Unde et Gregorius propter tristitiam intermisit Ezechielis expositionem.

«También el dolor interior, si se intensifica mucho, atrae de tal modo la intención, que el hombre no puede aprender nada nuevo. De ahí que también Gregorio, a causa de la tristeza, interrumpió su exposición de Ezequiel.»  (S.Th. I-II, q. 37, a. 1, ad 3)

3. El verbo comprehendere traduce el griego κατέλαβεν, que significa a la vez entender y apoderarse de, sofocar. Las tinieblas ni la acogieron ni pudieron con ella: la luz no fue vencida, sólo no fue recibida.

4. Nótese que la frase no dice que la luz alumbre a los hombres, sino que es su luz: la vida del Verbo es constitutivamente aquello por lo que el hombre ve.

SOBRE LA IMAGEN

William Holman Hunt, La luz del mundo (1851-1853, Keble College, Oxford; réplica de mayor tamaño, 1900-1904, catedral de San Pablo, Londres).

El cuadro ilustra Apocalipsis 3, 20: «Ecce sto ad ostium, et pulso: si quis audierit vocem meam, et aperuerit mihi januam, intrabo ad illum» («Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa»). Cristo, coronado de espinas y con una linterna en la mano, llama a una puerta cubierta de hiedra y maleza que no se ha abierto en mucho tiempo. El propio Hunt explicó el detalle que da sentido al cuadro: esa puerta no tiene picaporte por fuera. Solo puede abrirse desde dentro.

La imagen no contradice el argumento de este texto: lo confirma desde el lado del remedio. La luz no fuerza la entrada; aguarda, y llama, a la puerta de una voluntad que, movida por la gracia, es la única que puede correr el cerrojo. Es la misma lógica de la Anástasis bizantina, donde Cristo desciende hasta el abismo y saca a Adán tomándolo por la muñeca: aquí, en cambio, se queda en el umbral, porque a diferencia de Adán en el sheol, el hombre de esta puerta sigue teniendo, la posibilidad de negarse a la Luz…

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